Carlos Gagini

•septiembre 11, 2008 • Dejar un comentario

Nació en la ciudad de San José el 15 de marzo de 1865, era hijo de Pedro Gagini, suizo y Emerenciana Chavarría Diez Dobles. Cursó estudios primarios en varias escuelas del centro de la ciudad de San José, la secundaria la realizó en el Instituto Nacional. Posteriormente inició estudios de derecho en la Universidad de Santo Tomás, pero desde las primeras lecciones comprendió que aquella no era su carrera y prefirió dar clases particulares para ayudar a su familia económicamente.

Aunque ingresó nuevamente a la Universidad de Santo Tomás y continuó estudios de ingeniería, no los concluyó y abandonando su carrera, se dedicó de lleno al magisterio; esto fue en 1883 cuando comenzó a dar lecciones de castellano y latín en el colegio de niñas de Margarita Peralta de Rivero. Además fue nombrado profesor de latín en el Instituto Nacional.

Después es nombrado director de la Escuela Central de Alajuela en 1885, en 1887 fue nombrado Inspector de Escuelas de aquella provincia. Dejó su puesto para ocupar la plaza de profesor de castellano y literatura en la sección clásica, y profesor de literatura castellana en a sección normal en el Liceo de Costa Rica hasta 1893, en que fue nombrado director del Instituto de Alajuela. Había casado el 10 de abril de 1890 con Ana María Mora Cañas, ella era hija de Juan Bautista Mora y Elena Cañas.

Por esta época participó en la elaboración de un nuevo plan de estudios para la segunda enseñanza. En 1895 fue llamado a servir la dirección del Liceo de Costa Rica, la cual ocupó durante cinco años.

En 1900 fue nombrado profesor en el Colegio Superior de Señoritas, donde trabajó por cuatro años. En 1904 fue llamado desde El Salvador para que dirigiera el Liceo Santa Ana, donde permaneció en ese puesto hasta 1907. A su regreso a Costa Rica en 1908 es nombrado en la Subsecretaria de Estado en el Despacho de Instrucción Pública.

Luego fue profesor en el Liceo de Heredia, director de la Biblioteca Nacional, director de la Imprenta Nacional, director de la Escuela Normal de Costa Rica, Inspector de Segunda Enseñanza, Profesor en el Colegio de Señoritas, entre muchos otros cargos.

La producción de Gagini es ininterrumpida; escribió sobre diversos temas desde su adolescencia hasta pocos días antes de su muerte. Desde muy joven empezó a colaborar en las revistas y periódicos de su época.

Carlos Gagini se especializó en obras didácticas, cuya producción fue fruto de su larga carrera como docente. La actividad más importante de Carlos Gagini fue la filología, en la que era una verdadera autoridad. A él se deben importantes estudios sobre las lenguas indígenas de Costa Rica, varios textos gramaticales para escuelas y colegios y sobre todo un Diccionario de Costarriqueñismos, el primero en su clase en Costa Rica.

Fue miembro de la Academia Costarricense de la Lengua, miembro de la Academia Española de la Lengua, de la Asociación de Autores, de la Academia de Historia y Geografía de Brasil, de la Academia de Crear, de la Academia de la Lengua de El Salvador, de la Academia de la Lengua de Guatemala y de la Academia de la Lengua de Venezuela.

Su bibliografía fue extensa:

“Cuentos grises” (1865)
“Chamarasca” (1862)
“Ensayo lexicográfico sobre la lengua de Térraba” (1892)
“Diccionario de Barbarismos y provincialismos de Costa Rica (1892)
“Ejercicios de la Lengua Castellana” (1897)
“Vocabulario de la Escuela” (1897)
“El silbato de plata” (1904)
“EL vocabulario de los niños” (1904)
“Don Concepción” (1905)
“El Marqués de Talamanca” (1905)
“Ilusiones muertas” (1905)
“Los pretendientes” (1905)
“Elementos de gramática castellana” (1907)
“Los aborígenes de Costa Rica” (1917)
“Diccionario de costarriqueñismos” (1918)
“Vagamunderías” (1920)
“El árbol enfermo” (1920)
“La caída del águila” (1920)
“La sirena” (1920)

Además fue director de las revistas “Costa Rica Ilustrada”, “La Educación costarricense”, “Revista Agrícola” y “Pandemónium”.

Murió en la ciudad de San José el 31 de marzo de 1925.

El poró y el higuerón

•septiembre 11, 2008 • Dejar un comentario

Una leve semilla

cayó al pie de un poró,

y la planta sencilla

en la caída no paró atención.

Pero admiróse cuando

comenzaba a asomar

un brote que , trepando,

dulcemente al poró vino a abrazar.

Caricia parecía

llena de suavidad;

y el poró le decía:

“Pobre plantita, apóyate más, más”.

Poco después, lozana

planta aquel brote fue.

¡Cuán hermosa y ufana

abrazada al poró se vió crecer!

Y cuanyo más crecía,

más fuerte, mucho más

al árbol oprimía…

¡Aquello no era amor, era crueldad!

La cruel planta esbelta

parecía feliz.

Le dijo el árbol: “Suelta,

no me maltrates con tu abrazo así”.

Mas fue vano el lamento

del piadoso poró:

cada día el tormento

del abrazo fatal era mator.

Árbol antes frondoso,

ahora seco está;

ahora otro orgulloso

se levanta pujante en su lugar.

Es la cruel historia

del soberbio higuerón

que hoy día pompa y gloria

no recuerda a su humilde bienhechor.

¡Cuán dulce, cuán hermosa

virtud es la piedad!

¡Mas qué ruin y monstruosa

la ingratitud levántase a la par!

Napoleón Quesada

Anhelos Hondos

•septiembre 11, 2008 • Dejar un comentario

Allá en el camposanto

que esmaltan las auroras de amaranto

y las tardes de sándalo y carmín,

alla donde la hiedra

abraza con amor la cruz de piedra

anhelo ahora descansar al fin.

Allá donde los vientos juguetones

columpian los rosales en botones

y lloran al pasar,

allá donde los lúgubres cipreses

me esperan hace meses

anhelo descansar.

En mi pueblo que doble la campana

bajo el oro del sol de la mañana

por este su nativo trovador;

en mi pueblo… y que manos cariñosas

me lleven a la huesa muchas rosas

conrtadas con amor…

Mi cuerpo que se torne en pasionarias,

y que adornen las tumbas silenciarias

en las tardes de lumbre tropical:

es el único anhelo que hoy me inspira

y que siga la cruz siendo la lira

del alma mía que será inmortal

Lisímaco Chavarría

La Lavandera

•septiembre 11, 2008 • Dejar un comentario

Va por la calle con andar ligero,

moviendo el busto en equilibrio airoso;

en la cabeza, el peso fatigoso

de enorme lío atado con esmero.

 

Cual si fuese la nuca fino acero,

y sus muslos macizos, roble añoso,

ni el cansancio la rinde, ni el fragoso

caminillo que baja al lavadero.

 

Al despuntar el alba está sonriente

con las piernas desnudas entre el río

restregando la ropa en la corriente

 

que retrata el azul, las verdes frondas,

y va arrastrando en tímido desvío

la espuma del jabón sobre sus ondas.

 

Jenaro Cardona

Pasos de memoria

•septiembre 11, 2008 • Dejar un comentario

A casa.

La puerta

era la tapa del viejo cajón

de los recuerdos.

 

Y hasta hubo alguien que dijo:

¡La casa está desierta!

Pobres las gentes que no saben

que las sonrisas son eternas.

Jamás ha muerto una mirada.

Aún andan los pasos

de aquellos que se fueron.

Aún viven

en la casa sola.

Abrid la puerta

y veréis

que en ese cofre

me llaman por mi nombre.

La suave melodía de las letras

que tiende los brazos de la infancia.

 

Y aprieta, todo un cuerpo,

que ahora,

sólo tiene el palpitar

de un lejano corazón.

 

¿La creéis sola, sola?

Pero cerrad la puerta,

porque seré recuerdo

entre todos mis recuerdos

 

Max Jiménez